LA FILOSOFÍA DE LA CIENCIA

LA FILOSOFÍA DE LA CIENCIA

Incluso antes de que el problema del fundamento se impusiera a la atención de los matemáticos la axiomática, nacida de una reflexión acerca del método de los geómetras, arrojó de inmediato una viva luz sobre la paradoja de esta ciencia, cuya situación la coloca en el eje de lo inteligible y lo sensible. Si bien los teoremas de la aritmética y la lógica se aplican a lo real, no parecía imposible observar estas ciencias como puramente racionales, por débil que sea la advocación que hacen a la intuición sensible. Aunque las leyes de la física se expresan en lenguaje matemático, al parecer sigue siendo plausible derivar toda sustancia de la experiencia, considerándose el simbolismo matemático sólo una vestimenta cómoda. Viene de allí la distinción clásica entre dos grupos de ciencias, racionales y experimentales. Unas, que de acuerdo con la expresión de Goblot, no necesitan para ser verdaderas que sus objetos sean reales; y otras, podría decirse, cuyos objetos, para existir, no necesitan ser inteligibles. Pero, entonces, ¿en qué lugar puede situarse la geometría? La intervención manifiesta de la intuición espacial prohibía reducir su contenido a un sistema de proposiciones analíticas; por otro lado, sus verdades se imponían tan
bien al espíritu que resultaba imposible referirlas sólo a meras contingencias de la experiencia. La idea kantiana de la “síntesis a priori”, que es el núcleo de toda la filosofía crítica fue, como hoy se sabe, inspirada por esta dificultad. Ahora bien, la axiomática invita a que se resuelva en forma muy distinta. Si la geometría clásica daba a la vez la idea de ser pura e intuitiva era porque constituía una forma mixta al reunir en una cencia que al parecer era única, dos disciplinas distintas que, como se ve ahora, están disociadas claramente: una geometría pura, representada por la teoría axiomática, en la que el sentido intuitivo de los términos y proposiciones deliberadamente se descarta y cuya verdad se mide sólo mediante la coherencia lógica, sin recurrir a la experiencia; y una geometría aplicada, intuitiva, en la cual la forma demostrativa sólo constituye un accesorio y cuyos teoremas son, en realidad, leyes físicas. La segunda sirvió para constituir la primera, pero ésta ha llegado a ser independiente, se yergue gracias a su propia fuerza, y si, en ocasiones, se refiere a la otra lo hace únicamente como a uno de sus “modelos” posibles. Cierto es que las dos pueden ser expuestas en un mismo discurso, de donde proviene la confusión, pero este lenguaje único puede prestarse a dos lecturas distintas. A la pregunta: ¿cómo puede la razón, sin el auxilio de la experiencia, hacernos conocer las propiedades de lo real?, se dará en lo sucesivo una respuesta semejante a la que da Einstein al principio de su opúsculo La geometría y la experiencia: “La perfecta claridad sobre este punto me parece fue puesta al alcance de cada uno gracias a la corriente que los matemáticos denominan axiomática. El progreso realizado por ésta consiste en haber hecho la separación clara y definitiva de lo intuitivo y lo lógico. De acuerdo con la axiomática sólo los hechos lógicos y formales constituyen el objeto de la ciencia matemática, pero no el elemento intuitivo que puede referirse a ellos.” Hay que aclarar que resulta necesario cuidarse al interpretar correctamente este desdoblamiento de la geometría en el momento n que, en lugar de considerarla sola, vuelve a colocársela en el sistema de las ciencias. ¿Debe entenderse entonces que el carácter ambiguo de la geometría clásica es resultado de su situación intermedia y que las dos partes en que el aarato axiomático la escinde deben simplemente unirse, uno al grupo de las ciencias racionales o deductivas, y el otro al de las ciencias experimentales o inductivas para, de este modo, reforzar la antigua dicotomía que colocaba, por un lado, a las ciencias lógicomatemáticas y por el otro a las ciencias físicas, naturales y morales, quedando ahora bien precisado el lugar donde debe hacerse el corte? Tal interpretación va de acuerdo con la concepción dualista de la ciencia que actualmente profesa el empirismo lógico, el cual establece, entre dos tipos de ciencias, una separación más radical aún, que hasta ahora no se había hecho. Sitúa por un lado las ciencias formales —lógica y matemática—, a las que considera bajo la forma depurada que les da la presentación axiomática: esto es, vacías de toda significación exterior y que, en sentido estricto, no nos enseñan nada acerca de lo real. Sus enunciados, que son puramente analíticos, conciernen exclusivamente a las transformaciones del discurso. Por el otro lado, sitúa a todas las ciencias de lo real para cuya expresión utilizamos, ciertamente, el lenguaje lógicomatemático pero que, en principio, podrían prescindir de él sin perder nada de su contenido, que proporcionaría por entero la experiencia. No obstante, si se invocan las enseñanzas de la axiomática para apoyar esta tesis, se olvidaría un hecho esencial. Muy lejos de encerrarse dentro del dominio geométrico inicial, la axiomática se ha extendido rápidamente por los dos lados: en dirección a la aritmética y la lógica y hacia la mecánica y la física. En la actualidad le interesa el conjunto de las ciencias, por lo que no es sólo en el interior de la geometría donde se produce el corte entre lo racional y lo experimental, lo lógico y lo intuitivo. El desdoblamiento axiomático funciona en todas las ciencias o, en todo caso, en todas las que están lo suficientemente avanzadas como para prestarse a la organización deductiva. Colóquese a la mecánica o a la óptica bajo la forma de una axiomática simbolizada y se deja de estar en presencia de una cienca de lo real para encontrarse frente a un sistema formal, vacío de todo contenido empírico, donde “no se sabe ya de qué se habla, ni si lo que se dice es verdadero”. Y a la inversa, si frente a una axiomática abstracta se sabe asignar a los axiomas una interpretación válida en un cierto dominio de lo real, súbitamente se ilumina todo. Los símbolos adquieren un sentido concreto, las fórmulas una verdad empírica. Ni siquiera resulta necesario, para ello, que la aplicación recaiga en lo que habitualmente se denomina el mundo físico, pues del mismo modo una traducción aritmética o lógica desempeña a la perfección este trabajo. Así, por ejemplo, la idea que se tiene habitualmente del número, que es abstracta cuando se la compara con un montón de bolas de billar, se convierte en una interpretación concreta en relación con la x que aparece en los axiomas, y del mismo modo respecto a las nociones lógicas de negación, implicación, pertenencia a una clase, etcétera. Bajo estas condiciones, el desdoblamiento axiomático no funciona en forma transversal, al nivel de la geometría, sino que divide longitudinalmente toda la escala de las ciencias, de la lógica a las ciencias morales. La única diferencia, y es sólo de grado, es que las primeras adoptan con mayor facilidad la forma axiomática, de modo que así se reconoce mejor la posibilidad de una lectura abstracta. Pero que ellas mismas se presten, como lo ha revelado la axiomática, a una lectura doble, nos demuestra muy bien que no se distinguen en lo esencial de las ciencias empíricas y que, a su manera, son ya ciencias de lo real. No existen ciencias abstractas y ciencias concretas, ciencias racionales y ciencias empíricas. En primer lugar, hay entre las ciencias grados diversos de abstracción y racionalidad que permiten puedan ser ordenadas en serie. En segundo lugar, existe para cada una de ellas la posibilidad de una lectura doble: abstracta, racional y formal, o concreta, empírica y material. Gracias a una convención de lenguaje es posible utilizar la palabra lógica o la palabra matemática para nombrar la lectura abstracta de cualquier teoría axiomatizada. Pero, en este caso, el sentido de estas palabras sufre igualmente un desdoblamiento axiomático, por lo que será necesario cuidarse del equívoco que amenaza. Cualquiera que sea el dominio que se trate —aritmética, óptica, etc.— y sobre el que se haya edificado una axiomática, ésta será exclusivamente una construcción lógica en el sentido de que resultará vacía y puramente formal; pero, en otro sentido, también puede representar una teoría lógica del mismo modo que una teoría aritmética u óptica, de acuerdo con la interpretación que se dé a sus símbolos, y si el conjunto de sus axiomas puede traducirse en proposiciones de la lógica. Del mismo modo, el término matemática tomará, en adelante, un sentido ambiguo, como aparece en el texto de Einstein arriba citado. Bien puede, en razón de que la matemática es la que puso el ejemplo, designar una teoría que ha sido reducida a su forma abstracta. Deviene entonces un sinónimo de lógica entendida en su primera acepción. Resulta necesario entenderlo así, por ejemplo, en las bromas de Russell y Poincaré (véase el inciso 10). Pero este sentido relativamente nuevo se añade, sin borrarlo, al sentido más tradicional, de acuerdo con el cual de este modo se denomina a un grupo particular de ciencias, aquellas cuyo objeto son los números, las figuras, etc. Lejos de oponerse mediante caracteres antitéticos a todas las demás ciencias consideradas en conjunto, las matemáticas, entendidas en esta forma, son por un lado vecinas de la lógica y, por el otro, de las ciencias físicas, aunque las fronteras se mantienen un tanto indecisas pues los conjuntos del matemático tienen gran parecido con las clases dellógico; la cinemática une la geometría con la dinámica y se da cierto titubeo para decidir si la probabilidad debe atribuirse al matemático, al lógico o al físico. A pesar de la ambigüedad subsistente en el lenguaje, la disociación se realiza en el pensamiento, entre los dos elementos que permanecían enredados en la noción clásica de la matemática, que a su vez se caracteriza por su objeto y su método: ciencia de la cantidad y ciencia demostrativa. La antigua distinción entre ciencia racional y ciencia empírica, que constituye un lugar común de la epistemología desde los tiempos de Bacon, sin duda merece ser conservada, pero con la condición de que no se confundan ya en ella dos acepciones que sólo coinciden parcialmente y que la axiomática perite separar en forma precisa una de la otra. Bien puede entendérsela como una clara dicotomía, y entonces no divide ya las ciencias en dos clases, sino que más bien señala una dualidad interior a cada ciencia; o bien se desea distribuir de esta forma las diversas ciencias, pero en este caso la separación resulta indecisa y relativa, como dividir un conjunto de hombres sólo en altos y pequeños. La oposición entre las ciencias formales y las ciencias de lo real no es justificable salvo en el caso de que se sobrepongan estas dos distinciones. Se denomina ciencias formales a las que, habiendo alcanzado en primer lugar un alto grado de abstracción se prestan, por excelencia, al tratamiento axiomático; y ciencias de lo real a las que, siendo menos avanzadas, difícilmente pueden desligarse de las interpretaciones concretas. Cuando se hace esto, uno no caracteriza a dos especies de ciencia sino a dos tipos ideales que se realizan en forma desigual en las diversas ciencias o, por mejor decirlo, a dos polos del pensamiento científico.