DEL RAZONAMIENTO AL CÁLCULO

DEL RAZONAMIENTO AL CÁLCULO

Se piensa que resultaría prácticamente imposible satisfacer exigencias tan estrictas si se continuara expresándose en el lenguae habitual, con su falta de precisión y sus numerosas irregularidades. Es de hecho, por esto, que la formalización supone la simbolización. Una axiomática formalizada aparece de este modo como un conjunto de signos, unos que son propios a la teoría y otros que son anteriores, provistos del enunciado de las reglas que se aplicarán al manejo de tales signos. Con frecuencia estas reglas se dividen en dos grupos: las reglas de estructura, destinadas a la formación de las expresiones (en ellas pueden colocarse las reglas para hacer las definiciones) y las reglas de deducción (destinadas a las demostraciones). Las primeras siempre deben permitir reconocer sin disputa alguna si una expresión (ya sea o no proposicional) se encuentra bien formada y, de este modo, pertenece al sistema; las segundas, si una deducción está bien llevada y si, en consecuencia, su conclusión constituye un teorema del sistema. Estas reglas, por supuesto, dejan por completo a un lado las interpretaciones eventuales de términos o de fórmulas, entre ellos los de la lógica. Sólo toman en cuenta la estructura formal de las expresiones, la sucesión de dibujos pequeños que se leen de izquierda a derecha y línea tras línea sobre la hoja. Más propiamente constituyen prescripciones para hacer un cálculo. Pueden compararse a las reglas del juego de ajedrez que nos muestran cómo deben colocarse al principio las piezas y luego cuáls son los movimientos permitidos de cada una de ellas. Entonces, una demostración no hará un llamado a nuestro sentimiento espontáneo de la evidencia de determinados encadenamientos lógicos, sino que se ocupará de transformar, en grados sucesivos y sin saltar ninguna etapa, una o varias fórmulas escritas con anterioridad como axiomas o teoremas, haciendo mención, en el caso de cada una de estas transformaciones elementales, del número de la regla que la autoriza hasta que se llegue finalmente, línea tras línea, a la fórmula que se busca. Debido a un cambio brusco de actitud, comparable al que afecta la conciencia ante una figura ambigua, el pensamiento, en lugar de atravesar los símbolos para apuntar por su intermediario a las cosas simbolizadas, ahora se detiene en los símbolos mismos, dejando para después su posible interpretación y retirándoles por el momento su función de símbolos con el fin de tomarlos como objetos últimos. Las exigencias de rigor habían hecho que se descartara como sospechosa a la intuición sensible, en especial la representación de figuras en el espacio, para confiar sólo en la evidencia de los encadenamientos lógicos. Actualmente, las incertidumbres de la intuición intelectual conducen a repudiarla y a sustituir el razonamiento pensado, o incluso hablado, por un cálculo hecho sobre signos expuestos a la mirada sobre una hoja de papel. Sólo regresando de esta forma a la intuición visual no recaemos en el nivel primero. En primer lugar se ha logrado un progreso en el sentido de lo abstracto y de lo general al recurrir a la posibilidad de hacer na interpretación posterior de los símbolos, o mejor dicho, de una multitud de interpretaciones diversas. Pero también se ha alcanzado un progreso considerable respecto a la seguridad y la objetividad. Si los signos constituyen un número restringido, si su figura no se presta a la confusión y si, por último, se instituye en forma expresa una legislación coherente y sin escapatorias para su manejo, entonces no es ya posible ninguna impugnación seria, como tampoco ocurriría en un juego bien organizado: tal agrupamiento de signos está prohibido o no lo está, aquella transformación de una fórmula está prohibida o no lo está. Como escribe Cavaillès: “Un razonamiento escrito no puede engañar, pues en su diseño aparecerían las figuras excluidas.“25 En este caso, “el error salta a los ojos” como un error de cálculo en una operación aritmética, un movimiento equivocado en una partida de ajedrez, un barbarismo o un solecismo en un idioma en el cual el lenguaje esté bien reglamentado. De este modo el cálculo formal, como ya lo anhelaba Leibniz, sustituye con ventaja al razonamiento.